Cuando hablamos de nuestros cuerpos, hablamos en gran medida de ‘nuestras vidas’ como señala el título del libro que ha guiado nuestro pensamiento durante tantos años. O al menos de una parte importante de ellas.

Nuestro cuerpo a todas las edades es un campo de batalla y un gran negocio. En muchos momentos supone una inagotable fuente de sufrimiento y una ruina económica. También es un espacio de confort, felicidad y placer. Una fuente de autoestima y bienestar. En definitiva: un laberinto.
Nuestro cuerpo nos acompaña siempre, desde que nacemos hasta que morimos.
Somos cuerpo fundamentalmente:
En términos de edad
En términos de salud
En términos de belleza
Pero para la sociedad y el capitalismo somos fundamentalmente negocio:
A través de la promesa de rediseño del cuerpo, de superación de las desventuras y de todo lo que nos desagrada de nosotras: gordura, arrugas, celulitis, edad (incluso inventando la medicina antiedad, las líneas cosméticas y farmacéuticas antienvejecimiento, etc…).
Negocio de la industria farmacéutica que promete milagros que no puede cumplir porque el cuerpo tiene su programa genético y lo sigue inexorablemente y negocio de la clase médica como veremos más adelante.
Negocio de la industria cosmética que a través de productos realmente caros, tratamientos peligrosos y mutilantes nos promete la eterna y anhelada juventud.
Todo ello es una fuente de ansiedad, enfermedad, tristeza, enfado, ira, vergüenza, inhibición, tortura, malestar… en definitiva: infelicidad
No vivimos el cuerpo como una fuente de placer, de autoestima, reconocimiento, sensualidad, bienestar…

EDAD

La edad no es en sí misma ―o no debería ser― un impedimento para la vivencia del cuerpo como una unidad en la que salud, belleza, bienestar, autoestima, aceptación, juego y divertimento, sensualidad y paz interior se conjuguen en un todo armonioso.
Hay en nuestra sociedad lo que Susan Sontag definió como un doble estándar del envejecimiento con esa fase famosa:
‘En nuestra sociedad, mientras los hombres maduran, las mujeres envejecen’.
Tenemos numerosos ejemplos de lo que la edad implica para unos y para otras. Mientras que para ellos la edad supone un reflejo de su progreso profesional, para las mujeres se convierte en una amenaza (pocas mujeres mayores vemos en espacios de poder y en los medios de comunicación). Mientras ellos pueden mirarse en la generación que los precede, integrada por hombres viejos y exitosos que representan la edad que tienen, las mujeres de hoy carecemos de tal modelo, aunque ya empezamos a poder mirarnos en algunas viejas insignes y atractivas ―poco a poco podemos ir construyendo una galería al respecto. Carecemos de una herencia cultural que nos diga cómo debemos y podemos ser.
Hay que señalar que cada vez más la diversidad de cuerpos y estéticas que mostramos las mujeres ha ampliado de manera importante el margen de posibilidades de estar en el mundo y sentirnos bien.
La lucha contra la edad tiene que ver con la cantidad de patriarcado que nos hemos tragado, cuanto más patriarcado, más sufrimiento y menos autovaloración. Porque se trata de un diseño que no hemos elegido, que viene de fuera.
Conquistar algunos derechos: a tener el cuerpo que queramos; a ser mayores y no tener que avergonzarnos de ello. Mujeres no estándar.
Vivir bien en nuestros cuerpos maduros, viejos, con arrugas y canas, con surcos, con manchas. Cuerpos cálidos, sensuales.

SALUD

La OMS hizo hace ya más de medio siglo una definición de la salud no como ‘ausencia de enfermedad’ sino como la posibilidad de disfrutar de bienestar: biológico, psicológico y social.
La salud la entendemos, pues, como un estado gozoso de bienestar, en el que están implicados numerosos factores, fisiológicos, bioquímicos, psicológicos, ambientales y sociales. La salud podemos entenderla como la percepción subjetiva de bienestar y también reconocer que la salud es una construcción individual en la que los seres humanos ponemos en juego nuestra libertad individual de elegir cómo manejar el cuerpo, las relaciones y los diferentes elementos que se relacionan con la salud.
Históricamente una gran parte de los estudios médicos se han realizado con poblaciones estrictamente masculinas (blancas y de clase media, por cierto) y los resultados se han generalizado a toda la población, incluidas las mujeres, por lo que el diagnóstico y tratamiento han estado sesgados de manera importante, tal como han denunciado innumerables estudios, lo cual quiere decir que de la misma manera que nos han curado, también nos han matado.

Nuestras vidas

Los hombres y las mujeres, debido a una socialización diferencial a través de la cual unos son socializados como ‘seres-para-sí’, mientras que las otras lo son como ‘seres-para-los-otro, vivimos vidas diferentes, en términos de costos y de esfuerzo que afectan de manera diferencial a nuestra salud.
La organización patriarcal, exige que las mujeres se olviden de sí: lo cual genera un enorme sufrimiento emocional. No conectar con este sufrimiento produce adicciones (comer, alcohol, tabaco, amor, trabajo, emociones…) para insensibilizarnos.
En realidad se trata de tener o no acceso a un hecho crucial en la percepción de la salud como es el ‘control sobre la propia vida’, del que la socialización tradicional aleja profundamente a las mujeres.
La desigualdad en las condiciones de vida y en el esfuerzo, profundamente estresante, por mantener la felicidad de los demás, supone una sobrecarga que afecta a la vivencia de la salud.
Sentir que dominamos nuestra propia vida y es fundamental para tener un sentimiento básico de bienestar psicológico, puesto que esta satisfacción vital es la que hace posible una disminución de los niveles de depresión y ansiedad.
El trabajo es un elemento crucial en la autopercepción de la salud. Las mujeres empleadas en todos los estudios tienen mejores estándares de salud que las no empleadas, mostrando mejora de la autoestima, un sentimiento de control sobre la propia vida. El trabajo es un medio importante a través del cual encontramos una fuente de apoyo social y la posibilidad de establecer relaciones con otras personas.
Sin embargo, el trabajo de las mujeres supone también un índice de estrés, derivado de los múltiples roles que seguimos cumpliendo, dado que los compañeros, si bien comparten gozosos los beneficios económicos del trabajo de las mujeres, siguen mostrando una importante resistencia a compartir el núcleo duro de la vida doméstica, siendo nosotras las responsables del funcionamiento armonioso de la familia, con el desgaste físico, mental, emocional y psicológico que supone.
Sólo las mujeres que han ido poco a poco trazándose un nuevo marco para vivir, convirtiéndose en las protagonistas de su propia evolución y en el objeto principal de su cuidado, han podido situarse en el centro del mundo, buscando la medida en sí mismas y en otras mujeres, alejándose, cada vez más, de la medida que les impone una sociedad patriarcal que primero las pone a su servicio, alejándolas del dinero propio –“vivirás como una reina” ‘me tendrás como un rey’- y, finalmente, las deja en la pobreza cuando son mayores y cualquier remedio parece inalcanzable.

¿Por qué enferman las mujeres?
Al margen de las enfermedades que vienen en el paquete de la lotería de la vida (cáncer, artrosis, etc.). Fundamentalmente por estrés, infelicidad y mandatos sociales. La definición de la belleza nos enferma.
La definición de la clase médica acerca de las mujeres nos circunscribe al sistema reproductivo: Nos pasan cosas porque tenemos o justamente porque no tenemos la regla. Estamos de los nervios o estamos de las hormonas.
Somos las campeonas del consumo de psicofármacos, lo cual no dice nada en favor nuestro.
Si entendemos la salud como la libertad para elegir necesitamos unos elementos básicos:
Tomarnos en serio
Ponernos en el centro del mundo
No culpabilizarnos por ello
Y también unos elementos externos:
Trabajo / Dinero / Relaciones
Una combinación armoniosa de los tiempos de ocio y de actividad

BELLEZA

La belleza es una construcción cultural de la feminidad que varía de unas sociedades a otras, especialmente a lo largo de la historia. La definición de la belleza ―que siempre viene de fuera― tiene unos límite muy estrechos que niegan la pluralidad y la diversidad. La identidad de las mujeres en nuestra sociedad occidental ultracapitalista y liberal se apoya en el mandato de la belleza, que resulta ser una exigencia social discriminatoria porque es un deber para las mujeres, pero no para los hombres
A pesar de que tenemos la belleza tan cerca, en todas y cada una de nosotras, a cualquier edad y en todo momento, la sentimos lejana, imposible. Inalcanzable como ideal.
La belleza es un deber, una obligación más en nuestra cultura y en su cualidad de imposible e inalcanzable, genera una insatisfacción que de tan normal y general que es se llama ‘insatisfacción normativa’: nunca estamos suficientemente delgadas, altas, jóvenes, tersas. En su inaccesibilidad reside la gran perversión del mito de la belleza.
Estamos siempre expuestas a la desaprobación ajena, de ese ‘otro’ que nos mira cuando nosotras nos estamos mirando al espejo con el consiguiente sentimiento de vulnerabilidad sobre nuestra autoestima y felicidad cotidiana, Es difícil reírse cuando se está en falta. Nos miramos al espejo no de frente, sino a través de alguien que nos está mirando desaprobatoriamente.
La belleza no nos hace felices: enfadadas con nuestros cuerpos, sufrimos: nos sometemos a violentos ejercicios físicos, dietas, saunas, operaciones de cirugía estética, nos pesamos… Las imágenes de la belleza imposible, interiorizadas por todas y cada una de nosotras, se concretan en odio hacia nosotras mismas; sentimos ira, vergüenza, rabia, tristeza… envidia.
¿Dónde se sitúa realmente la medida de la belleza? ¿El ideal de lo considerado bello?: En el deseo de los hombres y en los intereses de la industria cosmética, médica y de la moda.

La belleza como revolución pendiente

En el último siglo las mujeres hemos progresado, de manera notable, en derechos: el voto, el aborto, el divorcio. Hemos progresado, también, en libertades, en poder, en cultura, en educación, pero todo ello parece no haber variado sustancialmente nuestra relación con el cuerpo: Sentimos que no está a la altura, no alcanza los estándares aceptados.
Es la última revolución pendiente. Ahora parece que tenemos vida y motivos propios, pero seguimos bajo una normativa que viene de fuera, que no es otra que la presentación de la máscara de la belleza y esto es un coste enorme en trabajo, tiempo y dinero y en compulsión, sufrimiento, ansiedad, autodestrucción, baja autoestima, inseguridad: porque no hay que olvidar la amenaza de que la máscara puede serte retirada y aparecer tal cual eres.
Naomí Wolf afirma que se ha usado la imagen de la belleza femenina para frenar el avance del pensamiento feminista, el progreso de las mujeres. El mito de la belleza es una forma de control sobre nosotras… quien no se somete a esto es tildada de fea, feminista, lesbiana, lo cual desalienta cualquier intento de crear otros modelos.
La belleza se ha planteado como un medio para minimizar los logros de las mujeres, que ocupadas en ser bellas podemos dedicar menos tiempo a nuestro desarrollo intelectual y profesional; sin embargo es el mismo mito de la belleza que nos ahoga al que nos sometemos con la convicción de que será ésta la que nos permitirá avanzar en la carrera profesional.

La belleza en nuestra cultura ‘duele’
Algo perverso debe haber en la definición cultural de la belleza en la que estamos inmersas, mientras buscamos en el espejo en qué nos hemos equivocado, algo falla en nuestra definición personal de la belleza. Hemos aceptado sin rechistar la cuota de dolor que exige la belleza. Nos sometemos a terribles disciplinas: dieta, gimnasia, ropa, tacones, tintes, cirugías, depilaciones. A pesar de que las mujeres hemos avanzado en derechos, estatus, que nos debería aportar una alta autoestima, sentimiento de competencia, valor, será la preocupación obsesiva por la belleza lo que nos llevará a sentirnos desgraciadas, a pesar de los avances reales que deberían concretarse en todo lo contrario. Naomí Wolf lo indica de manera muy gráfica:
‘El hambre hace que las mujeres se sientan pobres y piensen como pobres.
Nos hemos ido librando de algunos de los dolores asociados al aparato reproductor, pero hemos aceptado sin rechistar la cuota de dolor que exige la belleza.
Esta necesidad de transformación de un cuerpo natural es compartida por otros grupos inferiores que necesitan modificarse para asimilarse al modelo: corrección de párpados orientales ‘aspecto occidental de ojos’, corrección de las narices afroasiáticas en occidentales, blanqueamiento de la piel.
El verdadero problema reside en nuestra falta de elección. ¿Qué es lo que realmente deseamos?

Las mujeres no recibimos el mensaje de que somos valiosas, tengamos el cuerpo que tengamos. Sentimos que nuestro cuerpo no se circunscribe a los cánones al uso y no nos sentimos aceptadas. Necesitamos modificar nuestro cuerpo a cualquier precio, porque en ese cuerpo deseado e imaginado está el ideal que nos permitirá sentirnos valiosas, aceptadas, hermosas.
Puede resultar fácil culpar a los medios de comunicación, la sociedad, la cultura, de nuestros males con la belleza, sin embargo en gran medida depende de la definición que cada una de nosotras seamos capaces de hacer de tal modelo.
A las mujeres se nos ha ofrecido un modelo único: la inteligencia sin belleza o, lo contrario, la belleza sin inteligencia. No ha habido posibilidad de ser bella e inteligente. O mente o cuerpo, las dos cosas supone un exceso imposible en nuestra naturaleza. De esta dualidad están hechas las imágenes de muchas películas que no en vano han calado en nuestro imaginario. Incluso nosotras mismas muchas veces sentimos que no resultamos muy interesantes cuando no nos encontramos bellas.
El gran reto sería pues: transformar el cuerpo de un espacio de vulnerabilidad a un espacio de conocimiento. Convertir el cuerpo en un espacio de poder.

Respuestas a un cuerpo que envejece
Aceptar el cuerpo y sus cambios. Un cuerpo más pesado, más lento, a veces fofo, menos ágil, con arrugas y canas… no resulta fácil, ni es un proceso automático.
Tiene mucho que ver con nuestra autoestima, con las personas que nos quieren y con las otras mujeres que a nuestro alrededor van también tomando decisiones de libertad.
Resistencia a la cultura dominante que denigra e invisibiliza los cuerpos de las mujeres mayores y en general de las mujeres no estándar.
Rechazar la cirugía estética, como mutilación, negación…
Humor, reírnos contestando la falta de aceptación social del envejecer… este humor se burla de las expectativas no realistas de nuestra sociedad de que las mujeres permanezcamos a lo largo de los años como iconos de juventud, belleza y sexualidad.
Las mujeres mayores nos reímos con la libertad de los lazos femeninos.
Quizás deberíamos empezar a decir cómo nos gusta vestir, arreglarnos, pintarnos o no pintarnos… sintiéndonos bien en nuestro cuerpo que va cambiando con la edad.
Darnos permiso para ser como queramos y también para que lo sean las otras. No criticarnos por ello, permitir la excentricidad, celebrar la diferencia. Naomí Wolf lo expresa de una manera excelente:

Seamos osadas, codiciosas. Busquemos el placer y huyamos del dolor. Usemos, toquemos, comamos y bebamos lo que nos guste. Seamos tolerantes con los gustos de las demás mujeres. Busquemos la sexualidad que queremos y rechacemos furiosamente la que no queremos. Elijamos nuestras propias causas. Una vez que abramos la brecha y cambiemos las reglas para que el sentido de nuestra propia belleza sea inamovible, cantemos a esta belleza, vistámosla, exhibámosla, gocemos de ella.

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