En el libro de Carmen Martín Gaite Los usos amorosos de la postguerra se  describe magistralmente el clima social imperante en aquellos años, caracterizado por dos rasgos imborrables para quienes han vivido esa época: la oscuridad ambiente y la tristeza, adobadas ambas con  el peso de la moral sexual. Los jóvenes solían mezclar en el encuentro amoroso el deseo y el temor, pues todo, o casi todo, era pecado. Coincidiendo con los cambios sociales producidos en los últimos años del franquismo  las costumbres  comenzaron a relajarse, sobre todo entre los jóvenes. Muchos se atrevieron ––nos atrevimos–– a dejar de  percibir la mirada inquisitorial  de los sacerdotes y demás censores y desafiaron ––desafiamos–– las normas en el vestir, en los gustos y en las costumbres que prescribían la guarda y custodia de la moral femenina, junto al alejamiento de los sexos.  Por entonces las aulas se abrían  a los hijos de las clases medias y la Universidad acogíaa cada vez más mujeres. Estas y otras jóvenes que, procedentes del campo,  habían abandonado el resguardo  familiar, para  trabajar en las ciudades, se consideraban capaces de vivir fuera del claustro familiar, de un modo diferente.

En estos comienzos de la democracia, el feminismo hizo muy visible el malestar de las mujeres. Estas denunciarían que, junto con la desigualdad, se producía un desequilibrio de las normas morales que hacía recaer sobre ellas el peso de la norma y el control de la sexualidad. Esta conciencia alimentaría la construcción de una agenda feminista que, junto con la denuncia de las leyes discriminatorias (alguna tan bochornosa como la que,  todavía en 1976, castigaba el adulterio femenino), exigía un nuevo ordenamiento jurídico que garantizase la igualdad civil y los derechos sexuales y reproductivos de las  mujeres, de una manera particular, el libre uso de los anticonceptivos y el aborto. En el debate de aquellos años las feministas apoyaron también otras medidas liberalizadoras que, como el divorcio,  caminaban en el mismo sentido: contribuir a  la construcción de unas relaciones más libres, igualitarias y más felices. Las leyes aprobadas    posteriormente por el gobierno  de Zapatero, la ley  de  2004 de medidas de protección integral contra la violencia de  género,   la  de   2007  para la  igualdad  efectiva de   hombres y mujeres  o la ley de 2010 de salud  sexual y reproductiva y de la interrupción voluntaria del embarazo,   se hicieron con el mismo objetivo de proteger las libertades personales y de contribuir a la igualdad  entre mujeres y hombres. El modo en que las cosas se han ido sucediendo  pone de relieve cómo la libertad y la igualdad de las  mujeres se ha ido produciendo en España en estrecha relación con el progreso democrático de nuestra  sociedad, a lo que el feminismo ha contribuio decisivamente. La  sociedad  española  que, según las encuestas,  ha venido avalando  el cambio de las  costumbres, se percibe  hoy como  una sociedad  más  libre  e igualitaria, de forma que apenas se  recuerda   de donde venimos.

En estas circunstancias nos sorprende, a la vez que nos inquieta, el clima  ––controlador e inquisitorial–– resucitado por este gobierno. ¿Es el pasado que vuelve? Nos preguntamos, tratándose de un país como España, en que ––igual que en Italia––  no se ha dejado de  notar la presencia de la Iglesia, ahora más locuaz y combativa que nunca, contra sus demonios habituales: la diferencia de los sexos, la moral sexual o las formas de vida de las mujeres y de los hombres. Curiosamente los políticos y cuantos animan en los medios el nuevo movimiento conservador no quieren que se les asimile con el pasado. Sus ideólogos, apropiándose de las palabras que les resultan útiles, se dicen  liberales. Les falta, sin embargo, finezza, como se percible en la intervención parlamentaria  de la señora Torrado, valenciana por más señas, que  en el debate sobre la reforma de la ley del aborto pretendía situarse en la orbita de la modernidad, en oposición al  feminismo que calificaba de rancio. Ignorante o cínica, esta señora olvida de dónde venimos. ¿Por qué no dejar de lado la historia, cuando se puede construir a nuestro antojo?

¿Qué se pretende con actitudes como estas? ¿Por qué hay gente empeñada en agitar  unas aguas que parecían remansadas?  ¿ Son cortinas de humo que  sirven para ocultar la crisis , como  se dice ? Sin duda. Pero  no  debemos quitar  hierro a un asunto  que hiere  profundamente  a las  mujeres. El empeño  de restringir la libertad de las mujeres, que el ministro Gallardón planea con tanto entusiasmo, es cruel, como se reconoce  aún dentro de sus propias filas, pero además atenta  contra el sentir de todos cuantos nos hemos acostumbrado a vivir en democracia.   

Observando a  las  gentes ––mujeres en su mayoría, pero muchos hombres también, y, sobre todo,  jóvenes––  que el día 1 de febrero  acudieron a la estación de Atocha, donde   a la llamada del feminismo asturiano, llegaba el tren de la libertad, quedaba claro que   la contrarreforma que pretende el gobierno es tan provocadora como inútil. Choca de frente con la calidad y la diversidad  moral de una sociedad que se ha acostumbrado a vivir con una mayor libertad y se siente responsable de su vida privada. Personas que  no se avienen a ser tratados como súbditos. La  risa, la manera de estar de los manifestantes, así como su determinación de expresar con claridad sus ideas, ponía de  relieve que no hay vuelta atrás con respecto a lo que hemos conseguido. Por mucho que nos molesten esas gentes que nos gobiernan, no podran cambiar nuestra manera de comportarnos, no podrán ambiar el rumbo de nuestras vidas.

Isabel Morant
Universidad de Valencia

Este artículo forma parte del dossier Nosotras decidimos. La nueva ley del aborto reactiva la lucha de las mujeres 
Publicado en la revista Tinta Libre, marzo, de 2014 , nº 12 

 

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